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CRÓNICA LOS CINCO ANIMALES (1) - septiembre 2010 a junio 2011 - por alumna de Escuela Wu Chi

 

CRNICA 5 A TIGRE

 

El trabajo del Tigre me resultó impactante y revelador por sus efectos en diferentes planos: en el físico y de sensaciones en la invocación, en los movimientos que ocurrieron en mi vida y en el plano sutil del mundo de los sueños y las coincidencias. Y sobre todo, sacudió un poco las bases de lo cotidiano y de las inercias instaladas.

Durante el seminario inicial aprendimos las herramientas necesarias para practicar este animal durante un mes: en un plano más físico, la kata del Tigre, tan potente como el propio animal; en el plano energético, sutil, la invocación del arquetipo del Tigre, que realizaríamos en las siguientes semanas varias veces al día; y un trabajo más orientado al crecimiento personal en el que el director del curso nos explicó las bases del triángulo Presa (o víctima)-Depredador-Salvador, tan presente en nuestra vida y que a menudo nos pasa desapercibido. “Mirar” desde el triángulo nos sirvió de referencia a lo largo del mes para la auto observación y el auto descubrimiento: dónde nos posicionamos en la vida habitualmente y cuáles son nuestros hábitos y mecanismos enquistados en ese juego triangular. El trabajo se completa a lo largo del mes con la práctica personal y el compartir de las experiencias en un foro privado del grupo. Como en muchos otros juegos, tanto pones, tanto obtienes.

En las cuatro invocaciones que hicimos en grupo en el seminario inicial mis sensaciones más destacadas fueron: al acelerar la respiración dejé de sentir los dedos y percibí como si algo recubriera las manos, que ya no eran manos, sino algo distinto (¿garras?); también, sensaciones en la boca, dentro de los dientes y encías, y como si esa parte, en concreto la mandíbula inferior, desapareciera. Estas sensaciones se repitieron a lo largo del mes. Al respirar más y más rápido tuve mareos y me asusté. Lo comenté en ronda de preguntas y el director me animó a no dejarme bloquear por el miedo e ir más allá de las primeras sensaciones. Ahora lo relaciono con la tendencia al control que tengo en mi vida, raras veces cedo el control y confío, y la invocación del Tigre era justo lo que me pedía. En los días sucesivos hice la invocación confiando y abierta a explorar (aun con cierta aprensión) y los mareos no volvieron. En distintas invocaciones noté mucha vibración interna, un chisporroteo que al parar y escuchar se extendió fuera de mi cuerpo, todo alrededor de mi piel. No me había pasado antes y me sorprendió. En otra de las invocaciones tuve muchas ganas de llorar y me dejé ir. Tenía los ojos tapados con un pañuelo y eso me dio la intimidad necesaria. Sentí que el llanto me liberaba.

Uno de los ejercicios del seminario en que, con los ojos tapados, nos teníamos que defender de los “ataques” de la compañera me hizo darme cuenta de forma práctica en qué punto vital me encontraba yo al empezar el trabajo del Tigre: mientras me defendía sin saber por dónde iba a llegar el ataque, tuve la sensación de no estarme defendiendo con ahínco, como si en ello me fuera la vida. Entonces una mano me agarró de verdad, no había forma de soltarme, forcejeaba, y nada, hasta que al fin la mano aflojó. Me di cuenta entonces de que lo que había pasado era una metáfora de mi vida: he sido una presa fácil; tenía una mano libre y no la utilicé para agredir yo a mi agresor. Según escribo estas palabras me ha venido un recuerdo que tenía olvidado en que ocurrió justo eso. Fue una agresión sexual en un ascensor, de la que logré huir. Más tarde en casa me di cuenta que mi llavero, que tenía en la mano en el momento de la agresión, era un imperdible enorme, que pude haberle clavado, pero que en el momento ni pensé. En las dos ocasiones, ejercicio en el seminario y en la vida real, me dejé “cazar” antes que agredir para defenderme. Uff! Me cuesta digerirlo.

De todo lo que se dijo en el seminario, una frase en especial me hizo mella: “Este es tu territorio. No permitas que nadie lo invada, no permitas que nada apague ese fuego”.

Durante las invocaciones del mes, el bostezo al cielo me resultó liberador, estirando desde la garganta al abdomen. La apertura de brazos me evocaba valentía y entrega. Al acelerar la respiración y mostrar los colmillos, salían todo tipo de secreciones –saliva, lágrimas, mocos-, pero lo único importante era esa respiración tan potente que me habitaba entera, mientras dejaba de sentir partes de mi cuerpo, o las sentía de otra manera. También, la consciencia de hincharse y deshincharse el cuerpo con cada respiración, la espalda muy presente, a veces parecía que iba a reventar la ropa o sensación de que el cordón que llevo al cuello me ahogaba. Al parar y escuchar notaba un crepitar interno por diferentes zonas. Tomar la cabeza de tótem para ponérmela era un momento sagrado, de ofrenda y entrega. A menudo en ese instante un escalofrío me recorría la columna, incluso después sólo con pensar en ese momento se reproducía el escalofrío.

Sensaciones en las manos: en los ejercicios preparatorios antes de la invocación varias veces noté al amasar la energía o al hacer la ducha como calidez entre las manos y frío en el dorso. Durante la invocación a veces acababa con las manos muy frías, heladas, que no tenía al empezar el ejercicio. También noté esa sensación gélida al ir a coger la cabeza de tótem. Otras veces las manos quedaron activadas durante un rato después de la práctica. También comprobé la diferencia de hacer la invocación “activada” después de haber hecho la kata del Tigre. Por lo general, sólo me echaba después de la invocación de las 0:00 y me masajeaba por la mañana.

La invocación me conectó con algo muy sencillo, muy elemental, pero muy fuerte: mi respiración como manifestación viva de la Vida. No sé si lo tenía olvidado, o lo percibí por primera vez, pero sí fue un gran descubrimiento. Sentí ese aliento en los momentos de escucha en la invocación y en alguna otra ocasión al despertarme. Me admiró ese movimiento de inspiración-espiración que se producía por sí mismo, más allá de mí, algo muy potente que no era mío, sino que yo era parte de ello.

Otras sensaciones: durante los días del Tigre noté en ocasiones un olor muy fuerte en mi orina. Otro día, estando en una casa ajena, por una parte del salón noté un fuerte olor a orina, busqué por todas partes, pero no había nada, me olí, olí a mi perra, y nada. Pregunté a mi anfitrión, pero él no lo notaba. Después de un rato largo se desvaneció como vino. En esos días también sentí muchas ganas de salir al monte, aunque no lo atendí con diferentes excusas.

Hicimos otro encuentro como cierre de este animal y fue muy especial, no sólo para mí, otros compañeros así lo atestiguaron. ¡Había tanta energía en aquél círculo! En mi caso, además de las sensaciones que ya he descrito, aquel día tuve espasmos involuntarios, nada que me hiciera perder la conciencia de lo que ocurría ni nada desagradable, pero sí sentí algo muy fuerte que me llevaba. Luego nos recostamos sobre la Tierra. Justo cuando iba a empezar a tener frío, un calor muy agradable empezó desde dentro y me reconfortó. Al coger el coche para volver a casa noté que me costaba hacer las cosas básicas de conducir, me sentía extraña, como si en esas horas hubiera estado en un lugar muy lejano.

Como movimientos en mi vida durante el trabajo del Tigre destaco cuatro:

-      Lejos de sentir más mi agresividad o violencia, como esperaba desde la cabeza, en los primeros días del trabajo noté mucha seguridad y aplomo, cualidades que no experimento normalmente; también, que me enfadaba mucho menos de lo habitual. Desde ahí pude experimentar en mí qué es sentirse potente, fuerte, y descubrí que desde la verdadera fortaleza no hace falta ni la agresividad ni la violencia, ni siquiera hace falta enfadarse; hay tanta confianza (en uno mismo y en el exterior) que basta con pedir lo que se necesita o poner límite a otros. Entonces me di cuenta que siempre que me enfado internamente y siento rabia, la que se enfada es la víctima, la presa. El Tigre no se enfada porque no le hace falta.

-      También identifiqué una tendencia a salvar de la que no me había dado cuenta antes: ofrecer remedios sin que me los pidan; dar información no solicitada… ¿para qué lo hago? La respuesta es una vieja conocida: la necesidad de reconocimiento. Aquí me queda por escarbar.

-      Desde pequeña me ha dado aprensión ver momentos de caza, cuando el depredador se pone en acción, y más si caza crías. No puedo verlo, sencillamente cambio de canal. Hacia la mitad del trabajo del Tigre vi uno de estos programas de naturaleza en la tele y, por primera vez, no me movió emocionalmente; incluso me vino el pensamiento “él también tiene derecho a comer”. Me dejó muy sorprendida. Que yo pensara algo así era una novedad en mi línea de pensamiento habitual.

-      He tenido un par de jefas “depredadoras”. Durante el trabajo del Tigre surgió la ocasión de encontrarme con la última en una reunión de trabajo. Me incomodaba bastante la perspectiva de esa situación; en cualquier caso, elegí no zafarme y asistir. El día de la reunión practiqué antes la kata del Tigre e hice la invocación. Al terminar noté que mi energía había cambiado, estaba tranquila y relajada. Al entrar en la sala varios colegas se acercaron a saludarme muy amables –algo inusual-. Me crucé con mi ex jefa pero ella pasó corriendo, disculpándose por no pararse. Durante la reunión me mantuve en mi sitio diciendo a mi ex jefa lo que le tenía que decir. No hizo falta más porque ella sola se puso en evidencia. Al acabar la reunión volvimos a hablar y me di cuenta que ya no le tenía miedo, incluso me hubiera podido enzarzar en una pelea física con ella –algo de lo que siempre he huído- sin achicarme. Noté que algo que había quedado pendiente hace tres años se colocaba. Fue un alivio. Sentí físicamente un chisporroteo interno, de ese fuego que avivamos en el seminario. Salí de allí pletórica.

En el terreno de lo sutil, durante ese periodo recordé varios sueños, algo poco habitual en mí. Soñé con animales –un caballo y un cocodrilo- rojizos como un tigre; soñé con otro cocodrilo que era sagrado y acababa agarrando una presa, precisamente una cría (un bebé); soñé con un hombre indeterminado al que le decía “te deseo”, y era correspondida… fueron tan reales como la propia realidad. O más. También soñé que estaba practicando y pasaba las manos como escáner por mi cuerpo; esa noche en el foro el director habla de soñar con hacer la práctica del Tigre.

Una coincidencia muy agradable y práctica: encontré dinero tirado en la acera, justo la cantidad que ya tenía apartada para el siguiente seminario de Animales y que precisamente esa mañana había tenido que sacar.

A varios meses de realizado el trabajo del Tigre veo que algunas cosas han cambiado. No me siento presa ni víctima, ya no me defino así ni me colocaría en ese apartado. Hace unos días, varias personas de un grupo de gente que me conocen desde hace poco, me calificaron como “extrovertida”, cosa que me sorprendió bastante y me confirma que algo importante en mí está cambiando; tiene que ver con cómo me sitúo en el mundo y ante el mundo. Cambios, sin embargo, que podríamos llamar ordinarios por cotidianos: cómo me relaciono con los compañeros de trabajo, o con mi familia, o con mi pareja, ¿reclamo lo que me corresponde?, y también, ¿por qué no? cómo me relaciono conmigo, cómo me siento en mi piel. En mi experiencia, el auto descubrimiento me trae liberación y paz; el atreverme a salir de la zona de confort y hacer lo que nunca he hecho o dicho, me trae expansión y abrir la puerta a mis potenciales. Siempre que elijamos confiar (en el método y en algo más grande que nosotros), dejándonos guiar por la sabiduría, la impecabilidad y la sutileza del director.

Escribiendo este testimonio veo cuántas experiencias concentradas ocurrieron en un mes de trabajo. Ahora las he revivido, y rescato una frase que se dijo en el seminario: “Es importante darnos cuenta de que esas experiencias extraordinarias que podemos leer en los libros no están reservadas a unos pocos, a otros; nosotros mismos podemos vivirlas”. Eso es lo extraordinario de este trabajo. ¡Gracias!

NDV

 

 

 

 

 

 

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